BARCELONA, REGIÓN URBANA Y GLOCAL

Josep Acebillo, ex-arquitecto jefe del Ayuntamiento de Barcelona, nos presenta el concepto de Región Urbana Glocal en un artículo extraído de la ponencia que, el pasado mes de marzo, ofreció en el ciclo Fer Metròpolis de Rethink BCN, en Foment del Treball.

Por Josep Acebillo

Hoy se intenta construir un nuevo modelo metropolitano, básicamente con la yuxtaposición de diferentes modelos urbanos, en un ámbito que es fruto de una reflexión hecha únicamente con el amparo de la mala interpretación del concepto de “geometría variable”. Pero si bien es cierta la necesidad de propiciar la convivencia armónica entre las diversas identidades y sensibilidades de los diferentes modelos urbanos que conformarán la nueva entidad neo-metropolitana, y siendo cierto, también, que con el actual contexto de crisis sistémica es necesaria una nueva perspectiva territorial, creo que, para afrontarla, habrá que reflexionar sobre nuevos paradigmas que hoy implican la reconceptualización de una metrópoli capaz de transitar desde la escala local a una nueva dimensión glocal.

Así pues, el actual concepto de Área Metropolitana ha quedado obsoleto porque, básicamente, actuaba en aquellas periferias urbanas creadas cuando la industrialización, al no tener cabida en la ciudad madura, se trasladó a las periferias y, después de desarrollarse industrialmente, necesitaron una atención especial para corregir sus déficits y poder asumir una plena urbanidad. La Mancomunidad de Municipios del Área Metropolitana de Barcelona es un buen ejemplo de esta reurbanización, encaminada a conseguir un tránsito cualitativo entre Barcelona y su periferia, formada por municipios que, en su día, absorbieron las actividades industriales. Pero hoy, en el Área de Barcelona, esta necesidad de reurbanización calificada, siendo una estrategia necesaria, ya no es suficiente, porque, en muchos casos (no en todos), las antiguas periferias ya han adquirido plena urbanidad, siendo preciso reconceptualizarse inicialmente, definiendo su ámbito de forma conveniente.

(Tanto en el Baix Llobregat como en el Barcelonès, actualmente, existen barrios con un nivel de calidad urbana igual o mayor que en Barcelona y, esto, es extraordinariamente positivo para sus municipios, por Barcelona ciudad y como germen de una nueva visión neo-metropolitana).

Ahora, cuando en el área de Barcelona, como en el resto del mundo, el sector terciario y neo-terciario supera ampliamente al secundario industrial, se pone en evidencia la necesidad de una nueva estrategia territorial que desborde los límites de las antiguas periferias industriales. Un cambio de escala que se identifique con la escala regional, pero que sería estratégicamente insuficiente si no va acompañado de una nueva visión geopolítica que afecte a la gobernanza, aunque en un marco de reconceptualización de la Región Urbana Glocal, entendida como una entidad que bascula entre lo global y lo local, capaz de resolver aquellos problemas de la globalización que el Estado-Nación es incapaz de afrontar.

En el caso de Barcelona existen clarísimos antecedentes de ordenación territorial a escala regional.

Los conceptos nuevos de ordenación territorial difícilmente se implementan si no pueden explicarse en función de la evolución del territorio al que pertenecen. Barcelona no es una excepción, sino un buen ejemplo por los ricos antecedentes históricos que tenemos sobre una idea precoz de la escala regional:

En la Alta Edad Media, los diferentes condados que constituían el Principado, encabezados por el de Barcelona, tuvieron cartas de naturaleza de escala regional en la Marca Hispánica de Carlomagno. Después, en el nuevo contexto bajo-medieval, en el Siglo XII, apareció el denominado Carretaje de Barcelona, que permitía al Consejo de Ciento de la Ciudad Condal establecer mecanismos para garantizar que, en determinadas condiciones, los viajeros y las mercancías que transitaban por los llamadas “calles de Barcelona” (vías que conectaban Barcelona con los pueblos y ciudades más importantes de Catalunya) pudieran recibir la protección necesaria para poder transitar con plena seguridad, en un contexto medieval en el que, en caminos y vías de comunicación, abundaban bandoleros y asaltantes que saqueaban y extorsionaban viajeros, comerciantes y peregrinos.

Más tarde, como preámbulo de la Barcelona moderna, desde finales del Siglo XVII hasta principios del Siglo XIX, a partir de las seis puertas de las murallas de la Barcelona antigua, se construyó una red radial de caminos y carreteras que la conectaban con el territorio agrícola y con los pueblos y ciudades colindantes. Estos caminos y vías fueron construidos con una lógica topográfica que propiciaba la construcción en paralelo de una red de acequias y canales que obligarían a construir nuevos puentes sobre los ríos y cursos de agua, con una importancia estratégica evidente: el camino a Francia por la marina y Mataró; el camino a Francia por Montcada y Granollers, atravesando previamente la riera de Horta y el Besòs; el camino hacia Aragón y Madrid, por el puente de Molins de Rei; el camino de Valencia, por L’Hospitalet de Llobregat y Sant Boi; el camino de Sant Cugat, hacia la Catalunya central y el camino de Gràcia. Fueron, en definitiva, cien años de construcción de infraestructuras a escala regional para conectar la estructura cerrada y cuadrangular del casco antiguo de Barcelona con un sistema radial de comunicaciones, generado por la posición de las seis puertas sobre las murallas, con tal de conectar la ciudad central con las zonas rurales y los pueblos y ciudades cercanas.
A mediados del Siglo XIX, el nuevo Eixample de Barcelona, concebido por Cerdà, se desarrolló a partir de una trama cuadricular de 133 x 133 metros sobre una superficie de 9 x 3 kilómetros para conectar la Barcelona antigua con los pueblos y núcleos de la llana más inmediatos: Sants, la Bordeta, Hostafrancs, Sarrià, Les Corts, Gràcia, Horta, el Clot, Sant Andreu, La Llacuna, Icaria… y, finalmente, Sant Martí de Provençals, dando lugar así a “la ciudad moderna planificada más mayor de Europa”, génesis de la Barcelona moderna. A diferencia de otras grandes ciudades europeas, como Madrid y Roma, Barcelona no disponía de un gran territorio adyacente para ampliarse industrialmente, y su implementación tuvo que basarse en la interacción con territorios pertenecientes a otros municipios del Besòs y el Llobregat que, parcialmente redimensionados, formaron una mezcla de escaleras y estructuras heterogéneas, que, racionalizadas con clarividencia, generaron el área metropolitana rica, diversa y laboriosa que hoy conocemos.

 

Pero integrar la fragmentación municipalista y sus identidades locales no fue fácil y, urbanísticamente, exigía una accesibilidad y conectividad óptima entre todo el conjunto que conformaba el incipiente mosaico metropolitano. La primera respuesta a este reto ya la dieron el propio Cerdà, proponiendo la Via Laietana como conexión entre el centro histórico y el Eixample con el litoral y, poco después, en 1901, Leon Jaussely, con su Plan de enlaces de Barcelona y los municipios circunvecinos, que, aunque no se ejecutó íntegramente, anticipó una idea urbanística crucial: la nueva posibilidad «de una gran ciudad compuesta por partes» siempre que se superase el neoclasicismo urbanístico y si la diversidad arquitectónica, topográfica y socioeconómica se articulara infraestructuralmente para propiciar la interacción entre las diferentes piezas del mosaico.

En los albores del Siglo XX, en Europa se asentaron con fuerza las primeras tesis regionales modernas, desde Patrick Guedes a Vidal de la Blanche, haciendo verosímil la nueva “geografía regional”, que, en el caso de Catalunya, se evidenciaba en el nuevo Plan de distribución en zonas del territorio catalán, un primer ejercicio de Regional Planning, encargado por la Generalitat en 1932 a un grupo de ilustres profesionales como Agustí Matons y Pere Rosell y Vilar (agricultura y ganadería); Pau Vila (localizaciones industriales); P. Bosch i Gimpera, J. Martorell, H. Gaussen (reservas paisajísticas); J. Mestre i Fossas (sanidad y cultura)… Todos ellos, coordinados por Nicolau Rubió y Tudurí. La primera frase de este plan especifica sin ambigüedad el porqué y los antecedentes internacionales del Regional Planning, definido como «la ordenación de las diversas actividades humanas y naturales sobre la superficie de un país o región». Las razones que aconsejan esta ordenación son visibles en aquellos países que, sea por el carácter emprendedor de sus habitantes o por otras causas naturales, económicas e históricas, se presenten como sobreactivados; países donde las actividades diversas de la vida humana se disputan aparentemente entre ellas la superficie del territorio y el derecho a ocupar y, en ocasiones, a dañar el paisaje natural. En el Capítulo I del Plan se hace referencia a los antecedentes positivos internacionales del Regional Planning: el Distrito Metropolitano de Boston, 1889; el Plan para la Región de Düsseldorf, 1912; el Plan para las Coalfields Regions de South Gales y South Yorkshire, 1919; el Plan Regional de Nueva York, 1922; o el Greater London Regional Planning de 1929, antecedente del Great London Plan de 1944.

El Plan Regional de 1932 fue la génesis del desarrollo de la “nueva geografía regional”, de la idea genérica de Catalunya-Ciudad, generadora, en 1936, de la división territorial de Catalunya en comarcas y veguerías, y también de la implicación de eminentes personajes que, como Pau Vila y Pierre Vilar, dieron carta de naturaleza a las tesis regionalistas más avanzadas del momento. Pero la fuerza y la lógica de la nueva filosofía regional, en Barcelona, también se asentó mediante las tesis y la forma de hacer modernista y noucentista, que, aunque por vías diversas, rehuyeron el caduco neoclasicismo hacia la modernidad industrial. La construcción, por parte de la sociedad civil, en tan pocas décadas, de la arquitectura que compone el Eixample y su electrificación son un buen ejemplo -en la actualidad apenas imitado- del afán y capacidad de la sociedad civil ante las cuestiones territoriales más ambiciosas. Hoy, después del funcionamiento durante 35 años de la Mancomunidad de Municipios del Área Metropolitana de Barcelona, en plena crisis estructural post-pandémica, climática y de modelo socioeconómico global y la nueva cultura territorial, anclada al “boom demográfico” y a la progresiva urbanización a escala planetaria, sigue pendiente de una racionalidad de escala regional que podría ser enriquecida por los nuevos “procesos de glocalización”, promotores de la yuxtaposición entre global y local.

Sobre el concepto Glocal

El divorcio entre global y local es cada vez mayor. Inicialmente explicado porque la re-conceptualización del binomio espacio/tiempo, posible por las nuevas infraestructuras de transporte y comunicación, genera la “virtualización de la economía”, que permite decir que “la globalización está descentralizando la soberanía” y, con más emoción que rigor científico, apostar por las mayores escalas. Pero la evolución geopolítica real no confirma esa hipótesis.
Al contrario. Recientemente se está propiciando una auténtica revalorización del ámbito local, que entiende la nueva territorialidad desde el nuevo concepto Glocal, geopolíticamente compatible, con las escalas global y local. El Glocal va más allá de sustanciar la tesis Think Global, Act Local, y permite establecer las condiciones para hacer efectivo el principio de subsidiariedad: «No quieras resolver desde arriba si puedes hacerlo desde abajo», lo que implica valorar, en su justa medida, la relevancia socioeconómica de la escala Local y quizás porque, hoy, la propia democracia parece más verosímil a las escalas locales. En realidad, la eficiencia ecológica de la Región Glocal ya fue señalada por primera vez, en 1915, por el biólogo y activista escocés Patrick Guedes en su libro Ciudades en evolución. Por otra parte, la relación entre Ciudad y Región, ya fue señalada en 1933 en La Carta de Atenas (considerada la Biblia del Urbanismo Moderno) en su primera proposición, titulada: La Ciudad no es más que una parte del conjunto económico, social y político que constituye la Región.

(En Barcelona, el concepto Glocal, en la escala regional se despreció, desgraciadamente, con la incapacidad para modernizar el Aeropuerto. Modernizarlo no implica necesariamente ampliarlo, con una falsa alternativa disyuntiva entre economía y ecología).

Hacia una Región Urbana Glocal
El concepto de Región Urbana Glocal, en un nuevo contexto neo-metropolitano, necesita un nuevo marco geográfico regional que debe ser concebido interdisciplinariamente desde tres perspectivas: la ecológica, la socioeconómica y la urbanística:

Un nuevo modelo territorial necesita una visión ecológica que promueva holísticamente una mayor interacción entre la ciudad y su entorno natural, incluido el territorio rural, como concepto clave. El nuevo modelo ecológico entiende “cualquier territorio” como un sistema abierto y complejo, formado como mosaico territorial de carácter universal (Amazonia o Sáhara) conformado de acuerdo con la matriz, Patch-corridor-Matrix, de modo que, si modificamos los criterios de urbanización y los sistemas construidos o no construidos, se alterará la estructura del territorio.

Desde la perspectiva socioeconómica, la nueva economía regional debe entenderse como un sistema formado por un stock de activos relacionales y convenciones que es fruto de la interacción de tres vectores: las tecnologías, impulsoras de la economía mediante la innovación; las organizaciones, como empresas actoras que deciden el grado de internalización o externalización del sistema productivo y, por tanto, su estructura; y el territorio como contexto espacial que habilita las transacciones socioeconómicas en función de su escala territorial, ahora regional. Además, la nueva economía regional puede facilitar una presencia transnacional activa que propicie un inter-regionalismo socioeconómico que tiña la globalización de un nuevo efecto glocal que da mayor protagonismo al local. Desde la perspectiva urbanística, la Ciudad-Región debe entenderse como la sustantivación territorial producida por la hibridación de los sistemas construidos (ciudades y sistemas urbanos) con los ecosistemas no construidos (territorio natural y rural), regidos geo-morfológicamente por el Modelo Archipiélago.

Así, el modelo Glocal Urban-Region debe entenderse como una constelación urbana regional conformada por “un sistema policéntrico, diferenciado y jerarquizado de subsistemas edificados generadores de una nueva geografía de centralidades”, inmersas en un “territorio intermedio ” renovado, natural o agrícola que constituye una pieza esencial para garantizar la calidad de todo el sistema regional, al igual que la calidad del mar es esencial para las islas que conforman el archipiélago.

Una «nueva geografía de centralidades» inmersas en un reciclado «territorio intermedio»

En el territorio, y también en la ciudad, el concepto de centralidad es clave. Históricamente, la ciudad siempre se ha conformado en torno a un “lugar central claramente identificable” que ha sido nuclear: el ágora en la ciudad griega; el forum (cruce del cardum y decumanum como lugar central y génesis espacial de la ciudad romana) y las ciudades medievales que, en Europa y Asia, se articulaban a partir de la Plaza, el espacio central que contenía el Palacio de Gobierno y la Catedral. En las épocas premoderna y moderna han proliferado nuevas tipologías de espacios centrales, también nucleares para el desarrollo urbano, como Tiananmen, en Beijing, el Central Parc en Nueva York, la City de Londres, Ringstrasse en Viena o el Eixample en Barcelona. Pero el progresivo aumento de dimensión y complejidad de las ciudades han propiciado que una única ciudad tenga diferentes centralidades, como es el caso de Berlín, que considera “centro” todo el tejido interior en el Ringbahn, Distrito de Mitte, generador de distintas centralidades contemporáneas como Nikolaiviertel (Isla de los Museos), la Puerta de Brandeburgo, Alexander Platz o Postdamer Platz, una tendencia también evidente en las grandes metrópolis estadounidenses (Nueva York, Los Ángeles…) y chinas (Shangai, Hong Kong…)

En realidad, puede decirse que, hoy, la transformación de una metrópoli pasa en primer lugar por definir las “áreas de nueva centralidad”, que actuarán como focos generadores de la nueva urbanidad. Incluso es posible hablar de «centralidad itinerante». O sea, áreas urbanas que adquieren el carácter de centralidad sólo temporalmente, dando paso a otra área que toma el relevo, también temporalmente. Éste es un fenómeno evidente en Manhattan (primero la centralidad estaba en el SoHo, después en el Midtown, hoy en Brooklyn y Chelsea y, mañana, probablemente en Harlem) mientras, en Barcelona, ha ido fluctuando por las Ramblas, Tuset, Rambla de Catalunya, Paseo de Gracia, Poble Nou, Gracia, Barceloneta…

Hoy, la transformación de una metrópoli pasa en primer lugar por definir las “áreas de nueva centralidad”, que actuarán como focos generadores de la nueva urbanidad

La Región Urbana Glocal estará estructuralmente formada por una “constelación de centralidades” (ciudades, pueblos, grandes aeropuertos, polos industriales, campus de conocimiento e investigación, etc.) que interactúan entre sí a partir de las redes infraestructurales tangibles (carreteras, ferrocarriles…) e intangibles (Internet y redes sociales). Los subsistemas construidos estarán espacialmente ubicados (como las islas de un archipiélago) sobre un “territorio intermedio, agrario o natural”, por lo que la calidad urbana de los sistemas construidos, como las ciudades, dependen mayoritariamente de la calidad del territorio intermedio mencionado. En el caso del área de Barcelona, es remarcable el Parque Agrario del Llobregat que, como ejemplo paradigmático de “espacio intermedio cualificado” vertebrador de la región, debería entenderse como un verdadero Parque Central Regional.

El valor del espacio intermedio agrario y natural regional es fundamental para la sostenibilidad de los sistema rurales y urbanos, y también como el espacio más adecuado para el despliegue de instalaciones energéticas (eólicas, fotovoltaicas, solares o maremotriz), evidenciando la necesidad de preservarlo y mejorar la interacción entre los ecosistemas naturales, rurales y urbanos, como tesis territorial de futuro.

Hoy, el ámbito rural tiene gran complejidad. No es sólo una cuestión de gobernanza y legislación, sino también un reto socioeconómico, con implicaciones urbanísticas directas, hasta el punto de que, actualmente, puede decirse que no es posible mejorar las condiciones urbanas sin mejorar el sector agrario a partir de nuevos modelos de interacción urbana-rural. En este sentido, las extravagantes políticas de naturalización de la ciudad, como los jardines verticales, los huertos urbanos o el ajardinamiento indiscriminado de las calzadas, deberían ser revisados a favor de medidas medioambientales y paisajísticas más estructurales y acordes con la ciudad, como construir nuevos parques urbanos, re-jardinar las plazas, paseos y ramblas, y transformar los patios de manzana edificados del Eixample en nuevas áreas verdes equipadas especialmente para los niños y para ubicar algunos servicios urbanos (depósitos subterráneos para centralizar residuos urbanos, y como centros de distribución de mercancías) que dificultan la calidad ambiental de la calle o, simplemente, no existen.

La Región Urbana Glocal no es una tesis territorial exclusiva para Barcelona. Hay experiencias similares, sobre todo en Estados Unidos y en China

Asumiendo que el progreso de la ciudad pasa inevitablemente por una buena interacción con el ámbito rural, no se trata sólo de asumir que los costes logísticos y ambientales excesivos, producidos por el suministro alimenticio a las ciudades desde lugares muy lejanos, es insostenible, sino la necesidad, también, de constatar las ventajas, económicas y sociales, derivadas de la cercanía y la interacción entre la ciudad y el campo. Pero aunque necesaria, la proximidad no es suficiente para asegurar la sostenibilidad socioeconómica del medio rural, porque sigue teniendo graves problemas estructurales que, de por sí, no puede resolver. Más allá de las ventajas indudables que producirá la «nueva agricultura», incluso interpretando correctamente la «ley de los rendimientos decrecientes», lo cierto es que, para la plena modernización el medio rural, necesita un re-equipamiento estructural, que aunque sea de base tecnológica, sólo puede provenir de una mayor interacción con las ciudades cercanas.

La terciarización del sector primario-agrícola, aunque no es la única, precisamente porque facilita la interacción con las ciudades cercanas, es hoy la solución más plausible para la modernización y puesta al día del medio rural, especialmente para los pequeños y medios agricultores, actores imprescindibles para la salvaguardia y el mantenimiento del «territorio intermedio regional», agrícola y también de los ecosistemas naturales. El “fenómeno Desakota”, como se denomina la pujante terciarización del sector agrícola en Asia, induce una buena interacción, a nivel regional, entre los medios agrícola y urbano, con consecuencias inmediatas muy positivas para los ciudadanos y agricultores. El Delta del río Yangtsé es un buen ejemplo de interacción entre sus grandes ciudades (Shangai, Nanjing, Suzhou, Hangzhou…) y el riquísimo territorio agrícola que conforma el Delta, asentado en la terciarización de su ámbito rural, propiciada por una espesa y eficiente red de infraestructuras viarias y canales y por el despliegue total de Internet, Wi-fi gratuito y redes sociales.

Además, para complementar y hacer más eficiente la terciarización del sector primario, en China se están desplegando masivamente las llamadas taobao villages, pequeñas ciudades y comunidades agrícolas que propician la relación directa entre los agricultores, bien equipados informáticamente, y los consumidores, para, de esta forma, poder vender sus productos directamente a los comercios urbanos de proximidad, apoyándose en un sistema logístico de distribución, ofrecido bajo la supervisión de la Administración, por grandes empresas privadas de alcance global, como Alibaba.

(En China, en 2014 existían sólo 5.000 taobao villages, pero en 2030 se prevén más de 100.000).

Por otro lado, las constelaciones regionales que inicialmente eran binarias, en el actual territorio-red regional tienden a aumentar la complejidad de su composición, formando formaciones más amplias, inicialmente ternarias, de modo que las nuevas micro-constelaciones ciones regionales ya actúan como eficientes actores socioeconómicos globales, sobre todo porque permiten reinterpretar selectivamente las funciones del territorio de acuerdo con el “Principio de las Afinidades Electivas”, una libertad de acción clave para incrementar la eficiencia regional, como decidir estrategia para el reparto de funciones entre unas u otras, evitando así una competitividad superflua y garantizando la competitividad global, sin perjudicar a ninguna de las piezas. Pero esto sólo será posible mediante una interactividad alta y eficiente entre los distintos sistemas urbanos que componen la región, que en el contexto Global actual se manifiesta como una nueva prioridad estratégica, tanto socioeconómica como geopolíticamente.

La interregionalidad, en un nuevo contexto Global, promueve una nueva cercanía entre Geopolítica y Urbanística

Ambas a la hora. La importancia del control de la escala geográfica como un factor determinante para detectar el poder económico y político que emana de la globalización, evidencia la conveniencia de inducir “saltos de escala para promover un tipo de espacialización de la globalización capaz de asegurar que el capital está al servicio del territorio”.

La capacidad que tienen hoy regiones distintas para competir o cooperar entre sí, las convierte en nuevos protagonistas globales. Por ello, la lógica de situar en un mismo plano los procesos de glocalización y los de cambio de escala territorial, entendiéndolas como «configuraciones geográficas» producidas por un conjunto de escalas interactivas imbricadas, compuestas unas dentro de otras, como muñecas rusas, y capaces de producir la transformación del poder socioespacial existente”. Por eso, hoy es muy significativo que se estimulen los procesos de cambio de escala territorial, diseñados para generar estrategias globales, sobre todo en sentido descendente hacia las escalas locales, urbanas o regionales.

En nuestro caso, el Corredor Mediterráneo debería ser un ejemplo de este proceso de reescalamiento territorial, porque en el contexto de la actual Unión Europea, ya no puede ser considerado sólo como una infraestructura lineal de comunicación como lo era la Vía Augusta romana. Hoy, la mayor complejidad territorial, la mayor potencialidad funcional de las diferentes regiones y la necesidad de cooperación interregional para asegurar una fuerte presencia a escala europea, hace necesario el replanteamiento del Corredor, para que más allá de su condición infraestructural, pueda vertebrar el territorio a nivel regional, con toda la complejidad del Siglo XXI.

En el caso de la Región Urbana de Barcelona, la relevancia de su linealidad (origen-destino), debe complementarse, decidiendo su grosor, es decir, su alcance territorial. Si su ámbito debe llegar hasta Vic, Manresa o, incluso, Puigcerdà. Como el nuevo Corredor Mediterráneo debe ser capaz de servir territorios singulares como el Empordà o el Delta del Ebro, y en términos interregionales, cómo puede ser capaz de favorecer la interacción con territorios “colaboradores históricos” como Mallorca , Valencia o la Catalunya Norte. En este sentido, el Corredor Mediterráneo podría implementar la génesis de la nueva Región Urbana-Glocal de Barcelona y contribuir decisivamente a la cooperación permanente a nivel interregional de un territorio geopolíticamente clave para la eficacia socioeconómica del Mediterráneo suroccidental.

Resumen
En la crisis sistémica actual, que tiende hacia la urbanización planetaria y hacia la necesaria revisión del impacto de la Globalización sobre el territorio, urbano, rural y natural, el despliegue del concepto Región Urbana Glocal tendrá un gran protagonismo geopolítico global, contradiciendo su distanciamiento tradicional derivado de la gran diferencia escalar, algo que se confirmará cuando comprobamos el impacto geopolítico del territorio del New Arctic en un contexto territorial post-Cambio Climático.

Por otro lado, en nuestro actual contexto político, deberíamos constatar que el despliegue de Barcelona, Región Urbana Glocal es compatible y necesario para una mayor eficiencia territorial con cualquier tipo de hipótesis política que formulamos, sea continuista, reformista o rupturista.

Por Josep Acebillo

Hoy se intenta construir un nuevo modelo metropolitano, básicamente con la yuxtaposición de diferentes modelos urbanos, en un ámbito que es fruto de una reflexión hecha únicamente con el amparo de la mala interpretación del concepto de “geometría variable”. Pero si bien es cierta la necesidad de propiciar la convivencia armónica entre las diversas identidades y sensibilidades de los diferentes modelos urbanos que conformarán la nueva entidad neo-metropolitana, y siendo cierto, también, que con el actual contexto de crisis sistémica es necesaria una nueva perspectiva territorial, creo que, para afrontarla, habrá que reflexionar sobre nuevos paradigmas que hoy implican la reconceptualización de una metrópoli capaz de transitar desde la escala local a una nueva dimensión glocal.

Así pues, el actual concepto de Área Metropolitana ha quedado obsoleto porque, básicamente, actuaba en aquellas periferias urbanas creadas cuando la industrialización, al no tener cabida en la ciudad madura, se trasladó a las periferias y, después de desarrollarse industrialmente, necesitaron una atención especial para corregir sus déficits y poder asumir una plena urbanidad. La Mancomunidad de Municipios del Área Metropolitana de Barcelona es un buen ejemplo de esta reurbanización, encaminada a conseguir un tránsito cualitativo entre Barcelona y su periferia, formada por municipios que, en su día, absorbieron las actividades industriales. Pero hoy, en el Área de Barcelona, esta necesidad de reurbanización calificada, siendo una estrategia necesaria, ya no es suficiente, porque, en muchos casos (no en todos), las antiguas periferias ya han adquirido plena urbanidad, siendo preciso reconceptualizarse inicialmente, definiendo su ámbito de forma conveniente.

(Tanto en el Baix Llobregat como en el Barcelonès, actualmente, existen barrios con un nivel de calidad urbana igual o mayor que en Barcelona y, esto, es extraordinariamente positivo para sus municipios, por Barcelona ciudad y como germen de una nueva visión neo-metropolitana).

Ahora, cuando en el área de Barcelona, como en el resto del mundo, el sector terciario y neo-terciario supera ampliamente al secundario industrial, se pone en evidencia la necesidad de una nueva estrategia territorial que desborde los límites de las antiguas periferias industriales. Un cambio de escala que se identifique con la escala regional, pero que sería estratégicamente insuficiente si no va acompañado de una nueva visión geopolítica que afecte a la gobernanza, aunque en un marco de reconceptualización de la Región Urbana Glocal, entendida como una entidad que bascula entre lo global y lo local, capaz de resolver aquellos problemas de la globalización que el Estado-Nación es incapaz de afrontar.

En el caso de Barcelona existen clarísimos antecedentes de ordenación territorial a escala regional.

Los conceptos nuevos de ordenación territorial difícilmente se implementan si no pueden explicarse en función de la evolución del territorio al que pertenecen. Barcelona no es una excepción, sino un buen ejemplo por los ricos antecedentes históricos que tenemos sobre una idea precoz de la escala regional:

En la Alta Edad Media, los diferentes condados que constituían el Principado, encabezados por el de Barcelona, tuvieron cartas de naturaleza de escala regional en la Marca Hispánica de Carlomagno. Después, en el nuevo contexto bajo-medieval, en el Siglo XII, apareció el denominado Carretaje de Barcelona, que permitía al Consejo de Ciento de la Ciudad Condal establecer mecanismos para garantizar que, en determinadas condiciones, los viajeros y las mercancías que transitaban por los llamadas “calles de Barcelona” (vías que conectaban Barcelona con los pueblos y ciudades más importantes de Catalunya) pudieran recibir la protección necesaria para poder transitar con plena seguridad, en un contexto medieval en el que, en caminos y vías de comunicación, abundaban bandoleros y asaltantes que saqueaban y extorsionaban viajeros, comerciantes y peregrinos.

Más tarde, como preámbulo de la Barcelona moderna, desde finales del Siglo XVII hasta principios del Siglo XIX, a partir de las seis puertas de las murallas de la Barcelona antigua, se construyó una red radial de caminos y carreteras que la conectaban con el territorio agrícola y con los pueblos y ciudades colindantes. Estos caminos y vías fueron construidos con una lógica topográfica que propiciaba la construcción en paralelo de una red de acequias y canales que obligarían a construir nuevos puentes sobre los ríos y cursos de agua, con una importancia estratégica evidente: el camino a Francia por la marina y Mataró; el camino a Francia por Montcada y Granollers, atravesando previamente la riera de Horta y el Besòs; el camino hacia Aragón y Madrid, por el puente de Molins de Rei; el camino de Valencia, por L’Hospitalet de Llobregat y Sant Boi; el camino de Sant Cugat, hacia la Catalunya central y el camino de Gràcia. Fueron, en definitiva, cien años de construcción de infraestructuras a escala regional para conectar la estructura cerrada y cuadrangular del casco antiguo de Barcelona con un sistema radial de comunicaciones, generado por la posición de las seis puertas sobre las murallas, con tal de conectar la ciudad central con las zonas rurales y los pueblos y ciudades cercanas.
A mediados del Siglo XIX, el nuevo Eixample de Barcelona, concebido por Cerdà, se desarrolló a partir de una trama cuadricular de 133 x 133 metros sobre una superficie de 9 x 3 kilómetros para conectar la Barcelona antigua con los pueblos y núcleos de la llana más inmediatos: Sants, la Bordeta, Hostafrancs, Sarrià, Les Corts, Gràcia, Horta, el Clot, Sant Andreu, La Llacuna, Icaria… y, finalmente, Sant Martí de Provençals, dando lugar así a “la ciudad moderna planificada más mayor de Europa”, génesis de la Barcelona moderna. A diferencia de otras grandes ciudades europeas, como Madrid y Roma, Barcelona no disponía de un gran territorio adyacente para ampliarse industrialmente, y su implementación tuvo que basarse en la interacción con territorios pertenecientes a otros municipios del Besòs y el Llobregat que, parcialmente redimensionados, formaron una mezcla de escaleras y estructuras heterogéneas, que, racionalizadas con clarividencia, generaron el área metropolitana rica, diversa y laboriosa que hoy conocemos.

 

Pero integrar la fragmentación municipalista y sus identidades locales no fue fácil y, urbanísticamente, exigía una accesibilidad y conectividad óptima entre todo el conjunto que conformaba el incipiente mosaico metropolitano. La primera respuesta a este reto ya la dieron el propio Cerdà, proponiendo la Via Laietana como conexión entre el centro histórico y el Eixample con el litoral y, poco después, en 1901, Leon Jaussely, con su Plan de enlaces de Barcelona y los municipios circunvecinos, que, aunque no se ejecutó íntegramente, anticipó una idea urbanística crucial: la nueva posibilidad «de una gran ciudad compuesta por partes» siempre que se superase el neoclasicismo urbanístico y si la diversidad arquitectónica, topográfica y socioeconómica se articulara infraestructuralmente para propiciar la interacción entre las diferentes piezas del mosaico.

En los albores del Siglo XX, en Europa se asentaron con fuerza las primeras tesis regionales modernas, desde Patrick Guedes a Vidal de la Blanche, haciendo verosímil la nueva “geografía regional”, que, en el caso de Catalunya, se evidenciaba en el nuevo Plan de distribución en zonas del territorio catalán, un primer ejercicio de Regional Planning, encargado por la Generalitat en 1932 a un grupo de ilustres profesionales como Agustí Matons y Pere Rosell y Vilar (agricultura y ganadería); Pau Vila (localizaciones industriales); P. Bosch i Gimpera, J. Martorell, H. Gaussen (reservas paisajísticas); J. Mestre i Fossas (sanidad y cultura)… Todos ellos, coordinados por Nicolau Rubió y Tudurí. La primera frase de este plan especifica sin ambigüedad el porqué y los antecedentes internacionales del Regional Planning, definido como «la ordenación de las diversas actividades humanas y naturales sobre la superficie de un país o región». Las razones que aconsejan esta ordenación son visibles en aquellos países que, sea por el carácter emprendedor de sus habitantes o por otras causas naturales, económicas e históricas, se presenten como sobreactivados; países donde las actividades diversas de la vida humana se disputan aparentemente entre ellas la superficie del territorio y el derecho a ocupar y, en ocasiones, a dañar el paisaje natural. En el Capítulo I del Plan se hace referencia a los antecedentes positivos internacionales del Regional Planning: el Distrito Metropolitano de Boston, 1889; el Plan para la Región de Düsseldorf, 1912; el Plan para las Coalfields Regions de South Gales y South Yorkshire, 1919; el Plan Regional de Nueva York, 1922; o el Greater London Regional Planning de 1929, antecedente del Great London Plan de 1944.

El Plan Regional de 1932 fue la génesis del desarrollo de la “nueva geografía regional”, de la idea genérica de Catalunya-Ciudad, generadora, en 1936, de la división territorial de Catalunya en comarcas y veguerías, y también de la implicación de eminentes personajes que, como Pau Vila y Pierre Vilar, dieron carta de naturaleza a las tesis regionalistas más avanzadas del momento. Pero la fuerza y la lógica de la nueva filosofía regional, en Barcelona, también se asentó mediante las tesis y la forma de hacer modernista y noucentista, que, aunque por vías diversas, rehuyeron el caduco neoclasicismo hacia la modernidad industrial. La construcción, por parte de la sociedad civil, en tan pocas décadas, de la arquitectura que compone el Eixample y su electrificación son un buen ejemplo -en la actualidad apenas imitado- del afán y capacidad de la sociedad civil ante las cuestiones territoriales más ambiciosas. Hoy, después del funcionamiento durante 35 años de la Mancomunidad de Municipios del Área Metropolitana de Barcelona, en plena crisis estructural post-pandémica, climática y de modelo socioeconómico global y la nueva cultura territorial, anclada al “boom demográfico” y a la progresiva urbanización a escala planetaria, sigue pendiente de una racionalidad de escala regional que podría ser enriquecida por los nuevos “procesos de glocalización”, promotores de la yuxtaposición entre global y local.

Sobre el concepto Glocal

El divorcio entre global y local es cada vez mayor. Inicialmente explicado porque la re-conceptualización del binomio espacio/tiempo, posible por las nuevas infraestructuras de transporte y comunicación, genera la “virtualización de la economía”, que permite decir que “la globalización está descentralizando la soberanía” y, con más emoción que rigor científico, apostar por las mayores escalas. Pero la evolución geopolítica real no confirma esa hipótesis.
Al contrario. Recientemente se está propiciando una auténtica revalorización del ámbito local, que entiende la nueva territorialidad desde el nuevo concepto Glocal, geopolíticamente compatible, con las escalas global y local. El Glocal va más allá de sustanciar la tesis Think Global, Act Local, y permite establecer las condiciones para hacer efectivo el principio de subsidiariedad: «No quieras resolver desde arriba si puedes hacerlo desde abajo», lo que implica valorar, en su justa medida, la relevancia socioeconómica de la escala Local y quizás porque, hoy, la propia democracia parece más verosímil a las escalas locales. En realidad, la eficiencia ecológica de la Región Glocal ya fue señalada por primera vez, en 1915, por el biólogo y activista escocés Patrick Guedes en su libro Ciudades en evolución. Por otra parte, la relación entre Ciudad y Región, ya fue señalada en 1933 en La Carta de Atenas (considerada la Biblia del Urbanismo Moderno) en su primera proposición, titulada: La Ciudad no es más que una parte del conjunto económico, social y político que constituye la Región.

(En Barcelona, el concepto Glocal, en la escala regional se despreció, desgraciadamente, con la incapacidad para modernizar el Aeropuerto. Modernizarlo no implica necesariamente ampliarlo, con una falsa alternativa disyuntiva entre economía y ecología).

Hacia una Región Urbana Glocal
El concepto de Región Urbana Glocal, en un nuevo contexto neo-metropolitano, necesita un nuevo marco geográfico regional que debe ser concebido interdisciplinariamente desde tres perspectivas: la ecológica, la socioeconómica y la urbanística:

Un nuevo modelo territorial necesita una visión ecológica que promueva holísticamente una mayor interacción entre la ciudad y su entorno natural, incluido el territorio rural, como concepto clave. El nuevo modelo ecológico entiende “cualquier territorio” como un sistema abierto y complejo, formado como mosaico territorial de carácter universal (Amazonia o Sáhara) conformado de acuerdo con la matriz, Patch-corridor-Matrix, de modo que, si modificamos los criterios de urbanización y los sistemas construidos o no construidos, se alterará la estructura del territorio.

Desde la perspectiva socioeconómica, la nueva economía regional debe entenderse como un sistema formado por un stock de activos relacionales y convenciones que es fruto de la interacción de tres vectores: las tecnologías, impulsoras de la economía mediante la innovación; las organizaciones, como empresas actoras que deciden el grado de internalización o externalización del sistema productivo y, por tanto, su estructura; y el territorio como contexto espacial que habilita las transacciones socioeconómicas en función de su escala territorial, ahora regional. Además, la nueva economía regional puede facilitar una presencia transnacional activa que propicie un inter-regionalismo socioeconómico que tiña la globalización de un nuevo efecto glocal que da mayor protagonismo al local. Desde la perspectiva urbanística, la Ciudad-Región debe entenderse como la sustantivación territorial producida por la hibridación de los sistemas construidos (ciudades y sistemas urbanos) con los ecosistemas no construidos (territorio natural y rural), regidos geo-morfológicamente por el Modelo Archipiélago.

Así, el modelo Glocal Urban-Region debe entenderse como una constelación urbana regional conformada por “un sistema policéntrico, diferenciado y jerarquizado de subsistemas edificados generadores de una nueva geografía de centralidades”, inmersas en un “territorio intermedio ” renovado, natural o agrícola que constituye una pieza esencial para garantizar la calidad de todo el sistema regional, al igual que la calidad del mar es esencial para las islas que conforman el archipiélago.

Una «nueva geografía de centralidades» inmersas en un reciclado «territorio intermedio»

En el territorio, y también en la ciudad, el concepto de centralidad es clave. Históricamente, la ciudad siempre se ha conformado en torno a un “lugar central claramente identificable” que ha sido nuclear: el ágora en la ciudad griega; el forum (cruce del cardum y decumanum como lugar central y génesis espacial de la ciudad romana) y las ciudades medievales que, en Europa y Asia, se articulaban a partir de la Plaza, el espacio central que contenía el Palacio de Gobierno y la Catedral. En las épocas premoderna y moderna han proliferado nuevas tipologías de espacios centrales, también nucleares para el desarrollo urbano, como Tiananmen, en Beijing, el Central Parc en Nueva York, la City de Londres, Ringstrasse en Viena o el Eixample en Barcelona. Pero el progresivo aumento de dimensión y complejidad de las ciudades han propiciado que una única ciudad tenga diferentes centralidades, como es el caso de Berlín, que considera “centro” todo el tejido interior en el Ringbahn, Distrito de Mitte, generador de distintas centralidades contemporáneas como Nikolaiviertel (Isla de los Museos), la Puerta de Brandeburgo, Alexander Platz o Postdamer Platz, una tendencia también evidente en las grandes metrópolis estadounidenses (Nueva York, Los Ángeles…) y chinas (Shangai, Hong Kong…)

En realidad, puede decirse que, hoy, la transformación de una metrópoli pasa en primer lugar por definir las “áreas de nueva centralidad”, que actuarán como focos generadores de la nueva urbanidad. Incluso es posible hablar de «centralidad itinerante». O sea, áreas urbanas que adquieren el carácter de centralidad sólo temporalmente, dando paso a otra área que toma el relevo, también temporalmente. Éste es un fenómeno evidente en Manhattan (primero la centralidad estaba en el SoHo, después en el Midtown, hoy en Brooklyn y Chelsea y, mañana, probablemente en Harlem) mientras, en Barcelona, ha ido fluctuando por las Ramblas, Tuset, Rambla de Catalunya, Paseo de Gracia, Poble Nou, Gracia, Barceloneta…

“Hoy, la transformación de una metrópoli pasa en primer lugar por definir las “áreas de nueva centralidad”, que actuarán como focos generadores de la nueva urbanidad”

 

 

La Región Urbana Glocal estará estructuralmente formada por una “constelación de centralidades” (ciudades, pueblos, grandes aeropuertos, polos industriales, campus de conocimiento e investigación, etc.) que interactúan entre sí a partir de las redes infraestructurales tangibles (carreteras, ferrocarriles…) e intangibles (Internet y redes sociales). Los subsistemas construidos estarán espacialmente ubicados (como las islas de un archipiélago) sobre un “territorio intermedio, agrario o natural”, por lo que la calidad urbana de los sistemas construidos, como las ciudades, dependen mayoritariamente de la calidad del territorio intermedio mencionado. En el caso del área de Barcelona, es remarcable el Parque Agrario del Llobregat que, como ejemplo paradigmático de “espacio intermedio cualificado” vertebrador de la región, debería entenderse como un verdadero Parque Central Regional.

El valor del espacio intermedio agrario y natural regional es fundamental para la sostenibilidad de los sistema rurales y urbanos, y también como el espacio más adecuado para el despliegue de instalaciones energéticas (eólicas, fotovoltaicas, solares o maremotriz), evidenciando la necesidad de preservarlo y mejorar la interacción entre los ecosistemas naturales, rurales y urbanos, como tesis territorial de futuro.

Hoy, el ámbito rural tiene gran complejidad. No es sólo una cuestión de gobernanza y legislación, sino también un reto socioeconómico, con implicaciones urbanísticas directas, hasta el punto de que, actualmente, puede decirse que no es posible mejorar las condiciones urbanas sin mejorar el sector agrario a partir de nuevos modelos de interacción urbana-rural. En este sentido, las extravagantes políticas de naturalización de la ciudad, como los jardines verticales, los huertos urbanos o el ajardinamiento indiscriminado de las calzadas, deberían ser revisados a favor de medidas medioambientales y paisajísticas más estructurales y acordes con la ciudad, como construir nuevos parques urbanos, re-jardinar las plazas, paseos y ramblas, y transformar los patios de manzana edificados del Eixample en nuevas áreas verdes equipadas especialmente para los niños y para ubicar algunos servicios urbanos (depósitos subterráneos para centralizar residuos urbanos, y como centros de distribución de mercancías) que dificultan la calidad ambiental de la calle o, simplemente, no existen.

La Región Urbana Glocal no es una tesis territorial exclusiva para Barcelona. Hay experiencias similares, sobre todo en Estados Unidos y en China

Asumiendo que el progreso de la ciudad pasa inevitablemente por una buena interacción con el ámbito rural, no se trata sólo de asumir que los costes logísticos y ambientales excesivos, producidos por el suministro alimenticio a las ciudades desde lugares muy lejanos, es insostenible, sino la necesidad, también, de constatar las ventajas, económicas y sociales, derivadas de la cercanía y la interacción entre la ciudad y el campo. Pero aunque necesaria, la proximidad no es suficiente para asegurar la sostenibilidad socioeconómica del medio rural, porque sigue teniendo graves problemas estructurales que, de por sí, no puede resolver. Más allá de las ventajas indudables que producirá la «nueva agricultura», incluso interpretando correctamente la «ley de los rendimientos decrecientes», lo cierto es que, para la plena modernización el medio rural, necesita un re-equipamiento estructural, que aunque sea de base tecnológica, sólo puede provenir de una mayor interacción con las ciudades cercanas.

La terciarización del sector primario-agrícola, aunque no es la única, precisamente porque facilita la interacción con las ciudades cercanas, es hoy la solución más plausible para la modernización y puesta al día del medio rural, especialmente para los pequeños y medios agricultores, actores imprescindibles para la salvaguardia y el mantenimiento del «territorio intermedio regional», agrícola y también de los ecosistemas naturales. El “fenómeno Desakota”, como se denomina la pujante terciarización del sector agrícola en Asia, induce una buena interacción, a nivel regional, entre los medios agrícola y urbano, con consecuencias inmediatas muy positivas para los ciudadanos y agricultores. El Delta del río Yangtsé es un buen ejemplo de interacción entre sus grandes ciudades (Shangai, Nanjing, Suzhou, Hangzhou…) y el riquísimo territorio agrícola que conforma el Delta, asentado en la terciarización de su ámbito rural, propiciada por una espesa y eficiente red de infraestructuras viarias y canales y por el despliegue total de Internet, Wi-fi gratuito y redes sociales.

Además, para complementar y hacer más eficiente la terciarización del sector primario, en China se están desplegando masivamente las llamadas taobao villages, pequeñas ciudades y comunidades agrícolas que propician la relación directa entre los agricultores, bien equipados informáticamente, y los consumidores, para, de esta forma, poder vender sus productos directamente a los comercios urbanos de proximidad, apoyándose en un sistema logístico de distribución, ofrecido bajo la supervisión de la Administración, por grandes empresas privadas de alcance global, como Alibaba.

(En China, en 2014 existían sólo 5.000 taobao villages, pero en 2030 se prevén más de 100.000).

Por otro lado, las constelaciones regionales que inicialmente eran binarias, en el actual territorio-red regional tienden a aumentar la complejidad de su composición, formando formaciones más amplias, inicialmente ternarias, de modo que las nuevas micro-constelaciones ciones regionales ya actúan como eficientes actores socioeconómicos globales, sobre todo porque permiten reinterpretar selectivamente las funciones del territorio de acuerdo con el “Principio de las Afinidades Electivas”, una libertad de acción clave para incrementar la eficiencia regional, como decidir estrategia para el reparto de funciones entre unas u otras, evitando así una competitividad superflua y garantizando la competitividad global, sin perjudicar a ninguna de las piezas. Pero esto sólo será posible mediante una interactividad alta y eficiente entre los distintos sistemas urbanos que componen la región, que en el contexto Global actual se manifiesta como una nueva prioridad estratégica, tanto socioeconómica como geopolíticamente.

La interregionalidad, en un nuevo contexto Global, promueve una nueva cercanía entre Geopolítica y Urbanística

Ambas a la hora. La importancia del control de la escala geográfica como un factor determinante para detectar el poder económico y político que emana de la globalización, evidencia la conveniencia de inducir “saltos de escala para promover un tipo de espacialización de la globalización capaz de asegurar que el capital está al servicio del territorio”.

La capacidad que tienen hoy regiones distintas para competir o cooperar entre sí, las convierte en nuevos protagonistas globales. Por ello, la lógica de situar en un mismo plano los procesos de glocalización y los de cambio de escala territorial, entendiéndolas como «configuraciones geográficas» producidas por un conjunto de escalas interactivas imbricadas, compuestas unas dentro de otras, como muñecas rusas, y capaces de producir la transformación del poder socioespacial existente”. Por eso, hoy es muy significativo que se estimulen los procesos de cambio de escala territorial, diseñados para generar estrategias globales, sobre todo en sentido descendente hacia las escalas locales, urbanas o regionales.

En nuestro caso, el Corredor Mediterráneo debería ser un ejemplo de este proceso de reescalamiento territorial, porque en el contexto de la actual Unión Europea, ya no puede ser considerado sólo como una infraestructura lineal de comunicación como lo era la Vía Augusta romana. Hoy, la mayor complejidad territorial, la mayor potencialidad funcional de las diferentes regiones y la necesidad de cooperación interregional para asegurar una fuerte presencia a escala europea, hace necesario el replanteamiento del Corredor, para que más allá de su condición infraestructural, pueda vertebrar el territorio a nivel regional, con toda la complejidad del Siglo XXI.

En el caso de la Región Urbana de Barcelona, la relevancia de su linealidad (origen-destino), debe complementarse, decidiendo su grosor, es decir, su alcance territorial. Si su ámbito debe llegar hasta Vic, Manresa o, incluso, Puigcerdà. Como el nuevo Corredor Mediterráneo debe ser capaz de servir territorios singulares como el Empordà o el Delta del Ebro, y en términos interregionales, cómo puede ser capaz de favorecer la interacción con territorios “colaboradores históricos” como Mallorca , Valencia o la Catalunya Norte. En este sentido, el Corredor Mediterráneo podría implementar la génesis de la nueva Región Urbana-Glocal de Barcelona y contribuir decisivamente a la cooperación permanente a nivel interregional de un territorio geopolíticamente clave para la eficacia socioeconómica del Mediterráneo suroccidental.

Resumen
En la crisis sistémica actual, que tiende hacia la urbanización planetaria y hacia la necesaria revisión del impacto de la Globalización sobre el territorio, urbano, rural y natural, el despliegue del concepto Región Urbana Glocal tendrá un gran protagonismo geopolítico global, contradiciendo su distanciamiento tradicional derivado de la gran diferencia escalar, algo que se confirmará cuando comprobamos el impacto geopolítico del territorio del New Arctic en un contexto territorial post-Cambio Climático.

Por otro lado, en nuestro actual contexto político, deberíamos constatar que el despliegue de Barcelona, Región Urbana Glocal es compatible y necesario para una mayor eficiencia territorial con cualquier tipo de hipótesis política que formulamos, sea continuista, reformista o rupturista.

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