BARCELONA Y CATALUÑA: INTERDEPENDENCIA O ESTANCAMIENTO
Publicamos este artículo del historiador y político Ferran Mascarell, ex Consejero de Cultura de la Generalitat de Cataluña, en motivo de la publicación del libro Barcelona: Una immersió ràpida (Editorial Tibidabo), una visión personal sobre los retos de la capital catalana y su ensambladura en el marco de la región metropolitana y del país.
Por Ferran Mascarell, político e historiador
Me permito señalarles una de las tesis que argumento en el libro que acabo de publicar, Barcelona: Una immersió ràpida. Es un ensayo interpretativo de la ciudad. En los últimos capítulos, hablo del presente y del futuro y me permito indicar que, para hacerlos solventes, tendríamos que poner más interés a resolver errores conceptuales que nos están debilitando estructuralmente como ciudad y como país.
Más allá de insistir en que el principal problema que tiene hoy son las políticas públicas que practica el Estado en Cataluña, hago hincapié en un segundo problema que podríamos considerar estrictamente interno —quiero decir que no depende de Madrid— y que afecta una de las paredes maestras que sostienen al país. Me refiero al vínculo entre Barcelona y su región metropolitana, y al vínculo de la región con el conjunto del país.
Pienso que, desgraciadamente, demasiada gente continúa encallada en la dialéctica heredada de los años ochenta —capital contra rerepaís, mundo convergente contra mundo socialista, Barcelona contra Cataluña y viceversa. Pienso que, a estas alturas, esto es mantenerse en una confrontación más ideológica y artificial que no de política transformadora. Una confrontación agotada y perjudicial.
Perjudicial porque no es la mejor manera de aprovechar todos los activos económicos, sociales y culturales del país y su potencialidad de futuro. Perjudicial porque nos ancla en una idea de país que se está transformando a ojos vista. Perjudicial porque pone de relieve que el país no se está repensando con el ritmo y la profundidad que requieren los cambios globales. Muy perjudicial porque otros muchos problemas estructurales, como por ejemplo la vivienda y la movilidad, están profundamente interrelacionados.
Resolverlo depende, esencialmente, de nosotros. De acuerdos y políticas que tendrían que desplegarse rompiendo tabúes e intereses partidistas.
La Cataluña de los ocho millones —y pronto de los diez— ya es un país metropolitano. De hecho, es un país-región-mundo, un sistema interconectado que funciona en red física y virtual. Esto exige una capital que piense su interacción con el conjunto del país, como tiene que pensar su relación con la región metropolitana que lo rodea. Y viceversa: exige que el conjunto del país piense Barcelona como su capital cómplice, no como un agente ajeno.
Algunos urbanistas señalan que Cataluña tiene una escalera regional adecuada para adaptarse en un mundo cada vez más urbano y global, donde el local y el global están profundamente injertados. Cataluña ya es un sistema interconectado en red, compuesto por varios nodos metropolitanos distribuidos por el conjunto del territorio, más o menos especializados, pero insertados en un país que ya es global.
Esta escalera es una oportunidad, pero está claro: hay que trabajarla y gobernarla.
Hace falta que Barcelona se entienda a sí misma como algo más que una capital simbólica o el centro de una conurbación metropolitana; hace falta que sepa rehacer su papel como capital estratégica del país-metrópoli que ya es Cataluña.
Cataluña ya es una sola urbanidad interconectada, pero con ángulos oscuros de proyecto y de gestión, formada por varias centralidades metropolitanas. Barcelona es el nodo principal, pero no el único. Girona-Figueres-Banyoles, Lleida-Pirineo, Tarragona-Reus o Tortosa-Ebro afrontan retos de gobernanza territorial. Requieren instrumentos adaptados en el siglo XXI.
«Hace falta que Barcelona se entienda a sí misma como algo más que una capital simbólica o el centro de una conurbación metropolitana”. |
Barcelona es el nodo principal. Y la conurbación que lo rodea es clave para todo Cataluña en términos económicos y de cohesión social. Pero el conjunto del país es esencial para Barcelona. Todo el país tiene pendiente reconocer las nuevas centralidades urbanas y la renovación de los mecanismos de gobernanza.
Si no asumimos esta realidad, el país se estancará y Barcelona se estrangulará. No por carencia de talento, sino por carencia de visión.
La AP-7 es hoy el símbolo más visible de esta miopía. No es solo una autopista saturada: es una infraestructura estratégica que conecta Barcelona con España y con Europa y que está estrangulando la productividad del conjunto de Cataluña. Recuerdo la respuesta de la alcaldesa de Barcelona cuando, en un plenario, le pregunté qué pensaba sobre la situación de la autopista: «No es responsabilidad nuestra», dijo. Parece que la única respuesta es añorar peajes.
Porque la AP-7, el puerto, el aeropuerto, el alta velocidad, Cercanías y el 6G configuran capitalidad y país, e inciden en soluciones reales para la vivienda, el turismo y la industria. Todo está religado. Todo son cuestiones de país. Mientras nosotros mantenemos una mirada de reojo entre capital y país, Europa consolida un nuevo mapa de regiones metropolitanas que compiten en innovación, atractivo y calidad de vida.
Si Barcelona quiere ser, necesita Cataluña. Y si Cataluña quiere ser, necesita Barcelona. Es así de simple.
Esta interdependencia es estructural; negarla es retórica.
Los rankings internacionales sitúan a menudo Barcelona y Cataluña entre las mejores ciudades-países del mundo para vivir y trabajar. Consolidarlo exige repensar los vínculos internos, reforzar la solidaridad territorial y establecer una interactividad real entre la capital, las otras ciudades y el ideal de país.
Y conseguirlo es responsabilidad de las administraciones y también de la sociedad civil.
En el fondo, todo se reduce a una cuestión de renovar la visión. Barcelona y Cataluña son partes inseparables de un mismo proyecto.
Lo ha expresado muy adecuadamente el urbanista Josep Anton Acebillo: Barcelona tiene que ser el servidor central de Cataluña. Y lo ha afinado la filósofa Marina Garcés: Barcelona tiene que estar a la altura de su historia, inseparable de la historia colectiva de un país que se ha pensado desde la libertad y la voluntad de ser.
La cuestión es clara: la interdependencia existe; la pregunta es si estamos dispuestos a aprovecharla y, por lo tanto, a gobernarla de manera inteligente.

Publicamos este artículo del historiador y político Ferran Mascarell, ex Consejero de Cultura de la Generalitat de Cataluña, en motivo de la publicación del libro Barcelona: Una immersió ràpida (Editorial Tibidabo), una visión personal sobre los retos de la capital catalana y su ensambladura en el marco de la región metropolitana y del país.
Por Ferran Mascarell, político e historiador
Me permito señalarles una de las tesis que argumento en el libro que acabo de publicar, Barcelona: Una immersió ràpida. Es un ensayo interpretativo de la ciudad. En los últimos capítulos, hablo del presente y del futuro y me permito indicar que, para hacerlos solventes, tendríamos que poner más interés a resolver errores conceptuales que nos están debilitando estructuralmente como ciudad y como país. Más allá de insistir en que el principal problema que tiene hoy son las políticas públicas que practica el Estado en Cataluña, hago hincapié en un segundo problema que podríamos considerar estrictamente interno —quiero decir que no depende de Madrid— y que afecta una de las paredes maestras que sostienen al país.Me refiero al vínculo entre Barcelona y su región metropolitana, y al vínculo de la región con el conjunto del país.
Pienso que, desgraciadamente, demasiada gente continúa encallada en la dialéctica heredada de los años ochenta —capital contra rerepaís, mundo convergente contra mundo socialista, Barcelona contra Cataluña y viceversa. Pienso que, a estas alturas, esto es mantenerse en una confrontación más ideológica y artificial que no de política transformadora. Una confrontación agotada y perjudicial.
Perjudicial porque no es la mejor manera de aprovechar todos los activos económicos, sociales y culturales del país y su potencialidad de futuro. Perjudicial porque nos ancla en una idea de país que se está transformando a ojos vista. Perjudicial porque pone de relieve que el país no se está repensando con el ritmo y la profundidad que requieren los cambios globales. Muy perjudicial porque otros muchos problemas estructurales, como por ejemplo la vivienda y la movilidad, están profundamente interrelacionados.
Resolverlo depende, esencialmente, de nosotros. De acuerdos y políticas que tendrían que desplegarse rompiendo tabúes e intereses partidistas.
La Cataluña de los ocho millones —y pronto de los diez— ya es un país metropolitano. De hecho, es un país-región-mundo, un sistema interconectado que funciona en red física y virtual. Esto exige una capital que piense su interacción con el conjunto del país, como tiene que pensar su relación con la región metropolitana que lo rodea. Y viceversa: exige que el conjunto del país piense Barcelona como su capital cómplice, no como un agente ajeno.
Algunos urbanistas señalan que Cataluña tiene una escalera regional adecuada para adaptarse en un mundo cada vez más urbano y global, donde el local y el global están profundamente injertados. Cataluña ya es un sistema interconectado en red, compuesto por varios nodos metropolitanos distribuidos por el conjunto del territorio, más o menos especializados, pero insertados en un país que ya es global.
Esta escalera es una oportunidad, pero está claro: hay que trabajarla y gobernarla.
«Hace falta que Barcelona se entienda a sí misma como algo más que una capital simbólica o el centro de una conurbación metropolitana”. |
Hace falta que Barcelona se entienda a sí misma como algo más que una capital simbólica o el centro de una conurbación metropolitana; hace falta que sepa rehacer su papel como capital estratégica del país-metrópoli que ya es Cataluña.
Cataluña ya es una sola urbanidad interconectada, pero con ángulos oscuros de proyecto y de gestión, formada por varias centralidades metropolitanas. Barcelona es el nodo principal, pero no el único. Girona-Figueres-Banyoles, Lleida-Pirineo, Tarragona-Reus o Tortosa-Ebro afrontan retos de gobernanza territorial. Requieren instrumentos adaptados en el siglo XXI.
Barcelona es el nodo principal. Y la conurbación que lo rodea es clave para todo Cataluña en términos económicos y de cohesión social. Pero el conjunto del país es esencial para Barcelona. Todo el país tiene pendiente reconocer las nuevas centralidades urbanas y la renovación de los mecanismos de gobernanza.
Si no asumimos esta realidad, el país se estancará y Barcelona se estrangulará. No por carencia de talento, sino por carencia de visión.
La AP-7 es hoy el símbolo más visible de esta miopía. No es solo una autopista saturada: es una infraestructura estratégica que conecta Barcelona con España y con Europa y que está estrangulando la productividad del conjunto de Cataluña. Recuerdo la respuesta de la alcaldesa de Barcelona cuando, en un plenario, le pregunté qué pensaba sobre la situación de la autopista: «No es responsabilidad nuestra», dijo. Parece que la única respuesta es añorar peajes.
Porque la AP-7, el puerto, el aeropuerto, el alta velocidad, Cercanías y el 6G configuran capitalidad y país, e inciden en soluciones reales para la vivienda, el turismo y la industria. Todo está religado. Todo son cuestiones de país. Mientras nosotros mantenemos una mirada de reojo entre capital y país, Europa consolida un nuevo mapa de regiones metropolitanas que compiten en innovación, atractivo y calidad de vida.
Si Barcelona quiere ser, necesita Cataluña. Y si Cataluña quiere ser, necesita Barcelona. Es así de simple.
Esta interdependencia es estructural; negarla es retórica.
Los rankings internacionales sitúan a menudo Barcelona y Cataluña entre las mejores ciudades-países del mundo para vivir y trabajar. Consolidarlo exige repensar los vínculos internos, reforzar la solidaridad territorial y establecer una interactividad real entre la capital, las otras ciudades y el ideal de país.
Y conseguirlo es responsabilidad de las administraciones y también de la sociedad civil.
En el fondo, todo se reduce a una cuestión de renovar la visión. Barcelona y Cataluña son partes inseparables de un mismo proyecto.
Lo ha expresado muy adecuadamente el urbanista Josep Anton Acebillo: Barcelona tiene que ser el servidor central de Cataluña. Y lo ha afinado la filósofa Marina Garcés: Barcelona tiene que estar a la altura de su historia, inseparable de la historia colectiva de un país que se ha pensado desde la libertad y la voluntad de ser.
La cuestión es clara: la interdependencia existe; la pregunta es si estamos dispuestos a aprovecharla y, por lo tanto, a gobernarla de manera inteligente.

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