BRAFA Y EL PODER SOCIAL DEL DEPORTE
Por Josep Adolf Marti i Bouis, filósofo y teólogo

Para bien o para mal, el deporte base ofrece un retrato nítido de la Barcelona actual. Por un lado, vive contagiado de la neurosis del mundo adulto. Así lo demuestran las vergonzosas imágenes de padres escurriéndose en la grada, o insultando a árbitros voluntarios. En muchos casos, los niños son tratados como prematuros proyectos de élite, y la victoria es la única métrica válida. Sin embargo, en su esencia más pura, el deporte juvenil es una herramienta potente para transformar realidades sociales complejas y avivar sueños. Un espacio donde se aprende a vivir, a fracasar (¡y triunfar!) con dignidad.
Según el Ayuntamiento de Barcelona, más de un 80% de los barceloneses en edad escolar practican algún deporte. Es un fenómeno único desde el que abordar retos más allá del bienestar físico o la salud. Y eso es lo que hace la Fundación Brafa en Nou Barris, en un entorno donde el 49,5% de la población vive en riesgo de pobreza o exclusión social. Pero, ¿qué es exactamente Brafa hoy? Es una escuela deportiva y una fundación que mueve a miles de usuarios regulares en unas instalaciones de 40.000 metros cuadrados. Un ecosistema donde disciplinas como el fútbol o el baloncesto son, en realidad, la excusa perfecta para modelar el carácter y ofrecer oportunidades vitales.
Y de hecho, lo lleva haciendo desde 1954. A finales de los sesenta, expulsados de sus instalaciones por la presión inmobiliaria, compraron un barranco escarpado lleno de escombros. Con sus propias manos transformaron aquel vertedero en cuatro hectáreas deportivas, donde todavía están a día de hoy. Esta metamorfosis física es la metáfora exacta de lo que buscan: construir un paraíso donde otros verían un páramo. Brafa no es un club que forme futbolistas, aunque su escuela deportiva sea el epicentro de sus actividades. Con más de 600 alumnos y 129.000 € en becas este año, la fundación intenta que la formación deportiva pueda competir de tú a tú con cualquier otra entidad de fútbol base. Pero, al mismo tiempo, tiene la mirada puesta más allá, en la integridad de la persona.
Su columna vertebral es el programa BChampion, un método pionero diseñado junto con la Universidad Internacional de Cataluña que estructura el entrenamiento de alrededor de veinte competencias humanas. Cada quince días, en el campo no sólo se ensaya el chut a puerta, sino que se recibe formación ética y personal. En este engranaje, el entrenador abandona el rol de mero técnico para convertirse en un mentor vital. Es un modelo educativo tan eficaz que ya ha sido exportado a través de más de 300 entrenadores en todo el mundo. Pero el reto más grande es aterrizar esta filosofía en la dura realidad de Nou Barris.
En Brafa, dos de cada tres alumnos juegan becados. El deporte opera como un igualador absoluto: en el césped, la renta familiar desaparece. Una voluntad de inclusión que se extiende también a otras exclusiones sociales. Lo demuestra su programa para niños con Trastorno del Espectro Autista, o su equipo de fútbol inclusivo para niños con discapacidad intelectual. Más allá de la infancia, la fundación acoge también a los adultos que la centrifugadora social expulsa. A través del programa SPES, Brafa ofrece una segunda oportunidad a personas en riesgo de exclusión extrema, siempre a través del deporte. Desde inmigrantes que llegaron en pastera hasta parados de larga duración, los participantes comparten la sensación de que ya no tendrán más oportunidades en la vida.
Y para todos ellos, el deporte es el gancho perfecto para ofrecerles apoyo afectivo, material o incluso administrativo. Ayudarles, en definitiva, a volver a subir al tren de la sociedad. Esta vocación de no dejar a nadie atrás abraza también el otro extremo de la vida. Al mediodía, cuando los niños están en la escuela, las instalaciones reciben grupos de personas mayores que acuden para hacer gimnasia, combatir la soledad y tejer una red de amistades que les devuelve la vitalidad. A su vez, la influencia de Brafa trasciende los límites físicos de Nou Barris. Conscientes de la toxicidad que a menudo rodea el deporte base, la fundación impulsa campañas audiovisuales para combatir el fenómeno de los «padres hooligans».
Todo este despliegue cuenta con el apoyo de una inestimable red de casi cien voluntarios y diecinueve trabajadores. Al frente de la sala de máquinas está el Ignasi Taló, ex mediofondista; en el motor, tiene la ayuda fundamental de entidades como la Fundación «la Caixa» o la Fundación Sagrada Familia, que confían en la capilaridad del proyecto. A su apoyo se suma el programa de Patrones de Brafa, una red de particulares y empresas que se aseguran de que a ningún niño se le cierre la puerta por motivos económicos. Aquel barranco lleno de escombros de los años sesenta es hoy un ecosistema educativo de gran importancia para Barcelona y sus barrios más desfavorecidos.
Cuando el balón deja de rodar y se apagan los focos en Nou Barris, ¿qué es lo que queda en el campo de la Fundación Brafa? Quedan el alivio de un parado que está recuperando su confianza, el orgullo de un niño becado que se siente parte de un equipo y la redención de quienes parecían abocados a la exclusión. Al fin y al cabo, eso mismo es Brafa. Utilizar la belleza del deporte para encontrar, o rescatar, la propia identidad. Y devolver a cada persona la certeza de que todavía tiene mucho partido por jugar.
Por Josep Adolf Marti i Bouis, filósofo y teólogo

Para bien o para mal, el deporte base ofrece un retrato nítido de la Barcelona actual. Por un lado, vive contagiado de la neurosis del mundo adulto. Así lo demuestran las vergonzosas imágenes de padres escurriéndose en la grada, o insultando a árbitros voluntarios. En muchos casos, los niños son tratados como prematuros proyectos de élite, y la victoria es la única métrica válida. Sin embargo, en su esencia más pura, el deporte juvenil es una herramienta potente para transformar realidades sociales complejas y avivar sueños. Un espacio donde se aprende a vivir, a fracasar (¡y triunfar!) con dignidad.
Según el Ayuntamiento de Barcelona, más de un 80% de los barceloneses en edad escolar practican algún deporte. Es un fenómeno único desde el que abordar retos más allá del bienestar físico o la salud. Y eso es lo que hace la Fundación Brafa en Nou Barris, en un entorno donde el 49,5% de la población vive en riesgo de pobreza o exclusión social. Pero, ¿qué es exactamente Brafa hoy? Es una escuela deportiva y una fundación que mueve a miles de usuarios regulares en unas instalaciones de 40.000 metros cuadrados. Un ecosistema donde disciplinas como el fútbol o el baloncesto son, en realidad, la excusa perfecta para modelar el carácter y ofrecer oportunidades vitales.
Y de hecho, lo lleva haciendo desde 1954. A finales de los sesenta, expulsados de sus instalaciones por la presión inmobiliaria, compraron un barranco escarpado lleno de escombros. Con sus propias manos transformaron aquel vertedero en cuatro hectáreas deportivas, donde todavía están a día de hoy. Esta metamorfosis física es la metáfora exacta de lo que buscan: construir un paraíso donde otros verían un páramo. Brafa no es un club que forme futbolistas, aunque su escuela deportiva sea el epicentro de sus actividades. Con más de 600 alumnos y 129.000 € en becas este año, la fundación intenta que la formación deportiva pueda competir de tú a tú con cualquier otra entidad de fútbol base. Pero, al mismo tiempo, tiene la mirada puesta más allá, en la integridad de la persona.
Su columna vertebral es el programa BChampion, un método pionero diseñado junto con la Universidad Internacional de Cataluña que estructura el entrenamiento de alrededor de veinte competencias humanas. Cada quince días, en el campo no sólo se ensaya el chut a puerta, sino que se recibe formación ética y personal. En este engranaje, el entrenador abandona el rol de mero técnico para convertirse en un mentor vital. Es un modelo educativo tan eficaz que ya ha sido exportado a través de más de 300 entrenadores en todo el mundo. Pero el reto más grande es aterrizar esta filosofía en la dura realidad de Nou Barris.
En Brafa, dos de cada tres alumnos juegan becados. El deporte opera como un igualador absoluto: en el césped, la renta familiar desaparece. Una voluntad de inclusión que se extiende también a otras exclusiones sociales. Lo demuestra su programa para niños con Trastorno del Espectro Autista, o su equipo de fútbol inclusivo para niños con discapacidad intelectual. Más allá de la infancia, la fundación acoge también a los adultos que la centrifugadora social expulsa. A través del programa SPES, Brafa ofrece una segunda oportunidad a personas en riesgo de exclusión extrema, siempre a través del deporte. Desde inmigrantes que llegaron en pastera hasta parados de larga duración, los participantes comparten la sensación de que ya no tendrán más oportunidades en la vida.
Y para todos ellos, el deporte es el gancho perfecto para ofrecerles apoyo afectivo, material o incluso administrativo. Ayudarles, en definitiva, a volver a subir al tren de la sociedad. Esta vocación de no dejar a nadie atrás abraza también el otro extremo de la vida. Al mediodía, cuando los niños están en la escuela, las instalaciones reciben grupos de personas mayores que acuden para hacer gimnasia, combatir la soledad y tejer una red de amistades que les devuelve la vitalidad. A su vez, la influencia de Brafa trasciende los límites físicos de Nou Barris. Conscientes de la toxicidad que a menudo rodea el deporte base, la fundación impulsa campañas audiovisuales para combatir el fenómeno de los «padres hooligans».
Todo este despliegue cuenta con el apoyo de una inestimable red de casi cien voluntarios y diecinueve trabajadores. Al frente de la sala de máquinas está el Ignasi Taló, ex mediofondista; en el motor, tiene la ayuda fundamental de entidades como la Fundación «la Caixa» o la Fundación Sagrada Familia, que confían en la capilaridad del proyecto. A su apoyo se suma el programa de Patrones de Brafa, una red de particulares y empresas que se aseguran de que a ningún niño se le cierre la puerta por motivos económicos. Aquel barranco lleno de escombros de los años sesenta es hoy un ecosistema educativo de gran importancia para Barcelona y sus barrios más desfavorecidos.
Cuando el balón deja de rodar y se apagan los focos en Nou Barris, ¿qué es lo que queda en el campo de la Fundación Brafa? Quedan el alivio de un parado que está recuperando su confianza, el orgullo de un niño becado que se siente parte de un equipo y la redención de quienes parecían abocados a la exclusión. Al fin y al cabo, eso mismo es Brafa. Utilizar la belleza del deporte para encontrar, o rescatar, la propia identidad. Y devolver a cada persona la certeza de que todavía tiene mucho partido por jugar.
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